Suena la campana de la iglesia. No es toque de misa, ni de difuntos, ni de fiesta. Es un toque rápido, insistente, que todos los vecinos reconocen, aunque cada vez se escuche menos en la España moderna. Es el toque "a concejo", la llamada a la Hacendera.
En un mundo obsesionado con el individualismo, donde no sabemos ni el nombre del vecino del quinto, en los pueblos resiste una institución milenaria que nos enseña una lección vital: lo que es de todos, se cuida entre todos.
Hoy en Pueblo Vivo nos manchamos las manos para reivindicar el trabajo comunal, una herramienta de gestión que no es cosa del pasado, sino que está, afortunadamente, muy viva.
Viajar por la España rural es descubrir que, aunque cambie el idioma, el sentido común es el mismo. Esta obligación moral (y a veces legal) de dedicar unos días al año a trabajar por el bien común tiene mil nombres:
Da igual cómo lo llames. El concepto es revolucionario: tú no arreglas el camino porque te paguen, lo arreglas porque tú pasas por ahí, porque tu vecino pasa por ahí y porque, si esperamos a que venga la administración a quitar las zarzas, el pueblo desaparece.

Visto desde la mentalidad urbana, puede parecer una locura. "¿Cómo? ¿Qué en tu día libre vas a limpiar regueras o a empedrar una plaza con tus propias manos?".
Sí. Y es precisamente ahí donde reside la Identidad de la que tanto hablamos. La hacendera cumple una función social que ningún presupuesto municipal puede cubrir:
Hay quien piensa que esto es "cosa de viejos". Se equivocan. En muchos pueblos "vivos", la hacendera se está recuperando con fuerza gracias a los nuevos pobladores y a los jóvenes que quieren recuperar sus raíces.
Frente al abandono institucional y la falta de servicios (como comentábamos hace poco con el tema de los cajeros), la autogestión se vuelve una necesidad. Si el camión de la basura no llega porque hay nieve, el pueblo sale y limpia la calle. No por sumisión, sino por dignidad y capacidad de respuesta.
La próxima vez que pases por un sendero impecable en un pueblo pequeño, o veas una fuente limpia y cuidada, no pienses solo en el Ayuntamiento. Piensa que, probablemente, ahí están las horas, el sudor y el cariño de una cuadrilla de vecinos que decidieron regalar su tiempo para que su hogar siguiera en pie.
Quizás, si aplicáramos un poco más de "espíritu de hacendera" en las grandes ciudades y en la política nacional, nos iría a todos un poco mejor.
¿En tu pueblo se sigue haciendo hacendera o auzolan? ¿Cómo lo llamáis vosotros? ¡Cuéntanos esa tradición local en los comentarios para que no se pierda!
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