Hay libros que se leen y se olvidan, y otros que se te meten en los huesos como la humedad de una casa cerrada en invierno. La lluvia amarilla no es solo una novela; es el testamento notarial de una agonía lenta y dolorosa: la de nuestros pueblos. Hoy, en Pueblo Vivo, subimos al Sobrepuerto para adentrarnos en la mente de Andrés en su última noche y entender por qué Ainielle sigue doliendo tanto.
Lo primero que debes saber es que Ainielle no es un escenario de fantasía. No es un lugar imaginario nacido de la pluma de un escritor. Ainielle existe, o al menos, resisten sus piedras. Situado a 1.355 metros de altitud en la comarca del Alto Gállego (Huesca), pertenece a esa región geográfica durísima y fascinante conocida como El Sobrepuerto.
Es una tierra de silencios espesos, encajonada entre Biescas y Broto, donde los inviernos no perdonan y los caminos se borran. Cuando Julio Llamazares publicó la novela en 1988, puso en el mapa emocional de España un rincón que la administración y el progreso habían decidido borrar. Hoy, llegar hasta allí implica una caminata entre robles y pinos que, poco a poco, reconquistan lo que fue suyo.

La novela no es una crónica de aventuras, es un soliloquio asfixiante y poético. Escuchamos la voz de Andrés de Casa Sosas, el último habitante, pero lo hacemos cuando todo parece ya perdido. Andrés narra desde un presente estancado, filtrado por una memoria que ya no distingue bien entre lo real y lo soñado.
Andrés se niega a abandonar su hogar para irse a la "tierra baja", a Zaragoza o Huesca, donde han ido todos. Se queda para guardar las casas, aunque las casas se le caigan encima. Su resistencia no es heroica en el sentido clásico, es una inercia trágica, un arraigo visceral a las raíces aunque el árbol ya esté seco.
En este monólogo interior, la figura de Sabina, su mujer, es omnipresente, pero como una herida abierta. El lector percibe que su ausencia es lo que ha terminado de romper a Andrés. La historia se construye sobre el recuerdo de su suicidio en el viejo molino harinero.
Aquella imagen de Sabina en el molino es el punto de no retorno que persigue al protagonista. Desde entonces, Andrés convive con una soledad que no es física, sino existencial. Conversa con las sombras, y en su delirio, los vecinos muertos vuelven a sentarse a su mesa. La degradación mental de Andrés avanza paralela a la ruina física del pueblo: cuando se hunde un tejado en Ainielle, algo se derrumba también dentro de su cabeza.
Llamazares teje una atmósfera donde el título cobra un significado que va más allá de lo meteorológico. A través de la mirada cansada de Andrés, la "lluvia amarilla" se convierte en una metáfora triple:
Han pasado más de 30 años desde su publicación, y sin embargo, La lluvia amarilla es más actual hoy que entonces. En aquel momento, el éxodo rural era una realidad que la sociedad quería ignorar. Hoy, el libro funciona como un espejo incómodo de la España Vaciada.
Leer a Llamazares es un acto de memoria. Es entender que detrás de cada muro de piedra derrumbado que vemos al pasar con el coche, hubo una vida completa, con sus miserias y sus alegrías. No es una lectura fácil, pero es necesaria para comprender que un pueblo no muere cuando se va el último habitante, sino cuando se apaga el último recuerdo de quienes lo habitaron.
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