En el silencio de la dehesa extremeña, cuando el frío aprieta y el sol aún no ha despertado, las migas han sido durante siglos el latido de la cocina más humilde y honesta. Este plato nace del respeto por el pan, que en nuestras casas rurales se considera casi sagrado; es un ritual de aprovechamiento donde la paciencia al picar la miga nos devuelve a las cocinas de nuestros abuelos, donde nada se tiraba y todo se compartía.
Hacer migas no es solo cocinar; es un ejercicio de paciencia. Todo comienza el día anterior, picando el pan de pueblo (preferiblemente con dos días de asiento) en trozos pequeños. Se salpica con agua con sal suavemente, como quien bendice la tierra, y se deja reposar bajo un paño para que la humedad sea uniforme.
En un caldero con buen aceite de oliva virgen extra, freímos una cabeza de ajos entera con un pequeño corte y un pimiento rojo troceado. Una vez dorados, se retiran para dejar paso a la panceta fresca y al chorizo extremeño, que deben soltar su grasa hasta quedar crujientes.
Aquí llega el momento clave: con el aceite templado para no quemar el pimentón de la Vera, añadimos una cucharada generosa y volcamos el pan. Ahora toca trabajar la rasera con ritmo constante, moviendo las migas hasta que queden sueltas, doradas y empapadas de la esencia del campo.

Una vez que las migas están en su punto, volvemos a incorporar los ajos, el pimiento y los tropezones de carne. La clave para que este plato sea un banquete de reyes es el contraste. Los pastores sabían que el salado de la miga pedía el frescor de la fruta.
Al final, un plato de migas extremeñas es mucho más que alimento; es historia viva en el paladar. Es recordar que la sostenibilidad no es una moda, sino la forma en que nuestros mayores entendieron la vida: sin desperdicios, con productos de proximidad y con el tiempo justo que cada proceso requiere. Que nunca se apague el fuego de esta tradición en nuestras mesas.
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