Acompáñame en este viaje por los valles que han sido su hogar y su trinchera desde que, recién licenciado y con el título aun oliendo a tinta, decidió que su destino no estaba entre paredes de hospital, sino entre muros de piedra y corazones de campo. Hoy viviremos con él una jornada que resume toda una vida de siembra, donde la medicina no se mide en minutos de reloj, sino en tazas de café compartidas y manos que se aprietan con la fuerza de quien se sabe cuidado.
Son las seis de la mañana y la helada ha dejado un manto blanco sobre el capó del coche de Julián. Mientras frota el parabrisas, no piensa en la fatiga de sus huesos, sino en la Señora Adelaida, que anoche tuvo una tos que "le silbaba el pecho". Julián no es solo el médico; es el hijo que muchos no tienen cerca, el confidente que guarda secretos que nunca saldrán de esas cocinas de leña.
El primer escollo del día es el Puerto del Raso. La nieve ha empezado a cuajar y el quitanieves no pasará hasta dentro de dos horas. Pero Julián mete la primera marcha con la calma de quien ha domado mil tormentas. Sabe que si él no llega, el sistema de salud es un concepto abstracto, una promesa rota. Para él, la sostenibilidad no es un término de despacho; es conseguir que el motor arranque un día más para que la vida no se detenga en la última aldea del valle.
Al llegar al primer consultorio, no hay pantallas digitales. Hay un banco de madera y el calor de una estufa que ha encendido Manuel, el alguacil, antes de que Julián llegara. Cuando entra Carmen, una **pensionista** joven que tuvo que dejar la fábrica por una lesión de espalda, Julián no mira el reloj. Sabe que Carmen necesita que le ajusten la medicación, pero también necesita que alguien le diga que su esfuerzo por sacar adelante su pequeño huerto de forma ecológica es lo que mantiene vivo el espíritu del pueblo.

La siguiente parada es en casa de los "abuelos" del pueblo, una pareja de **jubilados** que suman 180 años entre los dos. Ellos representan la sabiduría de la tierra que Julián tanto defiende. Al entrar, el pago en especie ya le espera sobre la mesa: una docena de huevos frescos y un queso que aún huele a cuajo. Es el lenguaje del cariño, una economía circular de afectos que no entiende de facturas.
Pero hoy Julián nota algo diferente. A Julián le duele la rodilla, sí, pero le duele más el alma. Se jubila en tres meses y sabe que no hay nadie que quiera heredar su maleta de cuero. Los jóvenes médicos prefieren la asepsia del hospital y las comodidades del centro urbano. "Me voy porque el cuerpo me pide tregua, pero me quedo porque no quiero que se queden solos", confiesa mientras revisa la tensión de sus pacientes.
Julián representa a esa generación de médicos que llegó a los pueblos en los 80, cuando los caminos eran de tierra y la fe en el progreso era absoluta. Hoy, ve con tristeza cómo la administración habla de "digitalización" mientras la cobertura falla y las plazas de medicina rural quedan desiertas. Defender esta labor es una cuestión de justicia territorial: el derecho a envejecer con dignidad en la casa donde uno nació.
A pesar de la dureza, Julián no cambiaría un solo kilómetro de su vida. Ha aprendido más de botánica, de ciclos lunares y de resiliencia escuchando a sus pacientes que en cualquier congreso internacional. Para él, cada paciente es una raíz, y él ha sido el agua que ha intentado que no se secaran.
Al caer el sol, Julián regresa a casa. En el asiento del copiloto, el queso y los huevos son el trofeo de un día de trabajo bien hecho. Mira por el retrovisor las luces de los pueblos que se van encendiendo y siente una mezcla de paz y melancolía. Ha cuidado de la salud de tres generaciones, ha cerrado ojos y ha recibido vidas.
La medicina rural es el latido que evita que estos valles se conviertan en desiertos de piedra. Julián se va, pero su ejemplo queda como una semilla esperando a que alguien, con la misma ilusión que él tenía hace 40 años, se atreva a recoger el testigo.
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