Hoy, ese sonido se apaga. El burro, ese animal de mirada infinita y paciencia sagrada, está desapareciendo de nuestros paisajes. No se va porque sea inútil, se va porque hemos olvidado cómo mirar a los ojos a la tierra. En este artículo, quiero que me acompañes en un viaje de regreso al pesebre, no por nostalgia vacía, sino por una necesidad vital de recuperar una pieza fundamental de nuestro puzzle rural. Vamos a despojar al burro de los prejuicios de la ignorancia para devolverle su corona de nobleza.
Para entender lo que significa un burro en un pueblo, hay que haber sido niño y haber sentido la aspereza de su lengua buscando una algarroba en la palma de tu mano. En la economía de subsistencia de nuestros abuelos, el burro no era una "propiedad", era el sustento. Mientras que el caballo quedaba para los tratantes o los ricos, el burro era el aliado del humilde. Él subía el agua del pozo, traía la leña del monte y cargaba con los sacos de harina sin rechistar, con una resiliencia que ya nos gustaría a muchos hoy en día.
A menudo confundimos a los **jubilados y jubiladas** que aún cuidan de sus últimos animales con una imagen del pasado, pero hay una realidad latente: muchos **pensionistas** jóvenes, personas que han regresado al campo buscando salud o que gestionan fincas por vocación, están redescubriendo que el burro es el mejor gestor medioambiental que existe. No es solo un animal; es una filosofía de vida lenta y consciente.
Se ha usado su nombre como insulto, lo cual es la mayor ironía de nuestra lengua. El burro es extremadamente inteligente. A diferencia del caballo, que puede huir por pánico, el burro se planta. Analiza el peligro. Si un burro no quiere pasar por un sitio, no es terquedad: es prudencia. Sabe dónde pisa. Esa sabiduría de la tierra es la que hemos perdido al sustituir sus patas por el neumático del tractor.

Los datos son fríos, pero necesarios para despertar la conciencia. En el último siglo, la población de asnos en España ha caído de forma dramática. De millones de ejemplares a principios del siglo XX, hoy apenas quedan unas decenas de miles de razas puras como el Zamorano-Leonés, el Cordobés o el Catalán. La mecanización del campo en los años 60 fue su sentencia de destierro. Pero, ¿hemos ganado realmente en calidad de vida al perder su compañía?
No te pido que tengas un burro para que te are el huerto si no quieres, aunque te aseguro que es mejor para el suelo que cualquier máquina. Te pido que consideres al burro como un compañero de vida. En la era de la ansiedad y el asfalto, el ritmo de un burro es la medicina que no venden en las farmacias. Caminar junto a uno, a su paso, te obliga a bajar las revoluciones, a observar el camino, a respirar.
Desde el punto de vista de la **sostenibilidad**, el burro es un tesoro. Son los mejores "bomberos" preventivos. Su sistema digestivo y su forma de pastar ayudan a limpiar el sotobosque de forma selectiva, evitando incendios que hoy asolan nuestras tierras. No necesitan gasoil, solo hierba, agua y un poco de cariño. Mantener un burro hoy es un acto de rebeldía contra el consumo vacío.
Existen proyectos maravillosos donde se trabaja con niños con autismo o personas con discapacidad. El burro, por su carácter tranquilo y su tamaño accesible, genera una conexión emocional inmediata. No juzgan, solo están presentes. Esa presencia es lo que hace que tener un burro sea un "lujo" de los de verdad, de los que no se compran con dinero pero te llenan el alma.
Si tienes un pequeño terreno, no lo dudes. Necesitan poco: un cobertizo seco, limpieza de cascos, vacunación básica y, sobre todo, compañía. El burro es un animal social; sufre si está solo. Lo ideal es que vivan por parejas o con otros animales. Imagina despertar y ver esa silueta en tu prado. Eso es hacer comunidad, eso es mantener el hilo que nos une a nuestros antepasados.
El burro nos dio todo cuando no teníamos nada. Ahora que creemos tenerlo todo, somos nosotros quienes debemos darles un lugar. No permitas que el último burro de tu comarca se convierta en una foto sepia. Si tienes la oportunidad, siéntelo, cuídalo, permítele simplemente *ser*. Porque al salvar al burro, estamos salvando la parte más humana y humilde de nosotros mismos.
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