A menudo, el habitante de la ciudad llega al entorno rural con una maleta cargada de expectativas románticas y una sensibilidad de cristal. Quieren la foto perfecta para sus redes sociales, pero les molesta que las ovejas dejen su rastro de "bolitas" en el asfalto. Quieren aire puro, pero ponen el grito en el cielo si el viento trae el aroma de un establo cercano. Como Redactor Jefe de Pueblo Vivo, hoy te hablo de tú a tú: el campo no es un parque temático, es una oficina, un hogar y una herencia milenaria que no se va a adaptar a tus horarios de oficina ni a tus filtros de Instagram. Vamos a desgranar por qué defender la "identidad del ruido y el olor" es, en realidad, defender nuestra propia supervivencia.
Desde hace unos años, asistimos a un fenómeno tan curioso como lamentable: denuncias judiciales contra gallos madrugadores, quejas en el ayuntamiento por el tañido de las campanas y caras de asco ante el paso de un rebaño. Es lo que algunos sociólogos llaman la "urbanización del campo". Pero seamos claros: si a las cinco de la mañana canta un gallo, está cumpliendo su función biológica. Si a las tres de la madrugada un perro ladra porque un tejón merodea el corral, está protegiendo el sustento de una familia. Estas son las raíces que sostienen nuestra identidad.
Es fundamental diferenciar entre el ruido molesto e innecesario de la ciudad (el claxon, la obra eterna, la música del vecino) y los sonidos de la actividad productiva y cultural del pueblo. En España, el 85% del territorio es rural, pero solo vive en él el 15% de la población. Esa minoría resistente es la que mantiene los paisajes que tú disfrutas el fin de semana. No podemos exigirle a un ganadero que su ganado no huela, como no le exigiríamos al mar que no mojase.
La llegada de nuevos pobladores o visitantes es vital para la supervivencia de nuestras aldeas, pero debe hacerse desde la humildad del que llega a una casa ajena. El respeto a la sabiduría de los mayores es innegociable. Ellos saben que esas "bolitas" de las que te quejas son el mejor abono para la tierra, que cierra el ciclo de la sostenibilidad que tanto cacarean las agendas internacionales. Sin esas ovejas, el monte se llena de matorral y el fuego se lo lleva todo en verano. ¿Prefieres un poco de olor a estiércol o el humo de un incendio forestal?


La solidaridad rural se basa en entender que el espacio público es compartido. Cuando el tractor ralentiza tu viaje, recuerda que ese profesional está sembrando lo que tú comprarás en el supermercado con un código de barras. En la ciudad, te aguantas con los contenedores rebosantes o el estruendo de las ambulancias. Aquí, pedimos la misma resiliencia. El aire puro tiene un peaje: el sonido de la vida real.
Según diversos estudios sobre conflictos de convivencia en el medio rural, las quejas por "ruidos de animales" han aumentado un 25% en la última década en zonas de turismo rural. Esto ha llevado a que países como Francia hayan tenido que aprobar leyes para proteger el "patrimonio sensorial" del campo. En España, ya hay sentencias que avalan el derecho de los campanarios a seguir sonando, entendiendo que forman parte del patrimonio inmaterial y la identidad local.
Recuerda el caso del gallo que fue llevado a juicio por un vecino de una urbanización colindante. ¿Qué sociedad estamos construyendo si judicializamos la naturaleza? El respeto a los servicios públicos también incluye la protección de las infraestructuras ganaderas y agrícolas. Defender los servicios es defender al médico rural que tiene que llegar al consultorio sorteando un rebaño, y que no se queja porque sabe que esa es la vida que cura.
Si quieres ser parte de Pueblo Vivo, te sugiero que sigas estos principios básicos de educación rural:
Consejo práctico del Redactor Jefe: "Si te molesta el canto del gallo, prueba a acostarte con las gallinas. Verás cómo el ritmo de la tierra te reconcilia con tu propia naturaleza."
En definitiva, si eres de los que se queja por la idiosincrasia de nuestros pueblos, quizás el problema no es el pueblo, sino tu incapacidad para conectar con lo que de verdad importa. Las gentes que habitan los pueblos, que viven el momte, que aún cuidan sus huertos o sus pequeños animales son los bibliotecarios de una sabiduría que tu Google no puede ofrecerte. Aguántate, respeta y aprende. O, si no, siempre tendrás las urbanizaciones de la ciudad, con sus leyes restrictivas o su seguridad privada, donde todo es aséptico, silencioso y, desgraciadamente, está vacío de alma.
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