Estamos ante una emergencia de Estado. Mientras las instituciones miran hacia otro lado, nuestros montes se cierran y nuestras tainas se hunden. El pastoreo no es una estampa del siglo pasado, es la tecnología más avanzada que tenemos para frenar el cambio climático y los incendios de sexta generación. Si no somos capaces de ofrecer vivienda, formación técnica de primer nivel y un estatus social digno a quien quiera cuidar la tierra, estaremos condenando nuestro patrimonio al fuego y al olvido.
El monte está "sucio" porque hemos roto el contrato con el animal. Históricamente, el pastoreo extensivo ha sido el encargado de gestionar la carga de biomasa de manera gratuita y eficiente. Hoy, esa maleza que nadie ramonea es el combustible perfecto. Un rebaño de 500 cabras puede limpiar en una temporada lo que a una brigada forestal le costaría miles de euros en maquinaria y combustible fósil. La prevención de incendios no se hace en agosto; se hace en invierno con el paso de la oveja.
La pérdida de los caminos no es solo un problema para el senderista; es la pérdida de las arterias del territorio. Si los caminos se borran, el monte se vuelve inaccesible para la extinción y el control. Recuperar el pastoreo es recuperar la red de comunicaciones ancestral de nuestros pueblos.
Hablamos de personas mayores con un conocimiento que ninguna universidad puede replicar. Saben dónde nace el agua en el año más seco, qué planta cura al ganado y cómo orientarse en la niebla sin GPS. Ese "doctorado de la tierra" está a punto de extinguirse. No son solo ancianos; son bibliotecas vivientes de resiliencia climática que las nuevas generaciones deben heredar antes de que sea tarde.

En mi tierra, Soria, las tainas son el grito mudo del abandono. Son estructuras celtíberas, con postes y vigas de sabina que desafían al tiempo, pero no a la desidia. Estas construcciones rústicas, que se replican con distintos nombres por toda España —como las bordas en el Pirineo—, son una lección de arquitectura popular y sostenibilidad. Usan lo que hay a mano: piedra, madera, tierra. Al dejarlas hundirse, no solo perdemos un edificio; perdemos la prueba física de que supimos vivir en equilibrio con el entorno.
El pastoreo es el epicentro de un ecosistema económico que hoy está seco. Si recuperamos los rebaños, recuperamos automáticamente:
Nadie va al campo a pasar hambre o a vivir en la miseria. Para que una nueva generación opte por este camino, el mensaje debe ser profesional: el pastor es un gestor del territorio. Necesitamos un módulo de Formación Profesional (FP) especializado o escuelas taller que ofrezcan un "pack de bienvenida" real: vivienda digna (rehabilitando esas mismas tainas o casas municipales) y un sueldo por el servicio ambiental que prestan al limpiar el monte.
Ya existen ejemplos que funcionan, pero necesitamos que sea una política nacional. Ofrecer la posibilidad de vivienda y trabajo garantizado mediante convenios con los ayuntamientos para el mantenimiento de montes públicos. Es una solución transversal que arregla la despoblación, el paro juvenil y la vulnerabilidad ante incendios de un plumazo.
No podemos permitir que el futuro de nuestros pueblos dependa de una subvención que viene y va. El futuro está en la tierra, en el rebaño y en la dignidad de quien decide que su oficina sea el monte. La pregunta ya no es si el pastoreo es necesario, sino cuánto tiempo más vamos a esperar para salvar lo que queda antes de que la última viga de sabina toque el suelo.
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