Tú, que quizás has vuelto al pueblo de tus abuelos o que resistes en la casa que vio nacer a tus bisabuelos, sabes que el mote no es una etiqueta vacía. Es una herencia invisible, un sistema de archivos que no entiende de registros civiles ni de burocracia estatal. El mote es la raíz que nos ata a un suceso, a un oficio o a una peculiaridad física que ocurrió hace cien años y que sigue viva cada vez que alguien te saluda en la plaza. Sin embargo, estamos ante una emergencia silenciosa: con la llegada de nuevos pobladores y la partida de nuestros mayores, este archivo genético oral se está borrando. En este artículo vamos a desgranar por qué el mote es cultura con mayúsculas y cómo puedes ayudar a que no se pierda.
Existe una creencia errónea en los entornos urbanos que asocia el mote exclusivamente con la mofa o el escarnio. Nada más lejos de la realidad. En la estructura social de nuestros pueblos, el mote ha funcionado durante siglos como un mecanismo de precisión quirúrgica para la identificación. En comunidades donde cuatro o cinco apellidos (como los Martínez, los Sánchez o los López) dominaban el censo, el mote era la herramienta necesaria para la supervivencia administrativa y social.
Imagina por un momento la España de principios del siglo XX, con tasas de analfabetismo que rozaban el 60% en muchas zonas rurales. La escritura era un lujo, pero la memoria oral era una fortaleza. Los motes se dividen en estratos que nos cuentan la historia económica y social de la región. Tenemos los motes de oficio (el Herrero, la Molinera), los de origen geográfico (el Gallego, la de Teruel) y, los más fascinantes, los motes anecdóticos. Estos últimos son micro-relatos encapsulados en una sola palabra: un ancestro que dijo una frase ingeniosa en una boda, alguien que sobrevivió a una helada histórica o aquel que tenía una habilidad inusitada con el ganado.
El mote no pertenece al individuo, pertenece a la "casa". En el mundo rural tradicional, la unidad mínima no es la persona, sino la unidad familiar vinculada a un techo y a unas tierras. Por eso, el mote se hereda como se heredan las fanegas de trigo o la forma de la nariz. Es un "archivo genético" porque transporta información sobre la conducta, el carácter y la posición social de la estirpe a lo largo de las décadas.

Hoy nos enfrentamos a un reto complejo. La globalización ha llegado a los rincones más profundos de nuestra geografía y, con ella, una estandarización que amenaza con limar las aristas que nos hacen únicos. Cuando una persona mayor fallece sin que hayamos documentado el origen de su apodo, se quema una biblioteca entera. Los jubilados y pensionistas, custodios de esta sabiduría, a veces callan por modestia o porque creen que a nadie le interesa "esas cosas de antes".
A esto se suma la llegada de neorrurales. Personas con una formación excelente y muchas ganas de aportar, pero que a menudo entran en el pueblo como si fuera una página en blanco, ignorando que cada piedra tiene un nombre y cada familia un relato. La integración real no ocurre cuando te empadronas, sino cuando comprendes por qué a la vecina de enfrente la llaman "la del Clavel" aunque nunca haya tenido flores en su balcón. La sostenibilidad de nuestra cultura rural depende de este trasvase de conocimiento.
Para entender la magnitud de este patrimonio, debemos clasificarlo con rigor. No todos los apodos nacen de la misma semilla. Según diversos estudios etnográficos, podemos agruparlos en categorías que reflejan la evolución de nuestra sociedad:
Si eres un entusiasta de la historia local o simplemente quieres que la memoria de tu familia no se apague, es hora de pasar a la acción. Documentar este patrimonio requiere sensibilidad, respeto y un método riguroso. Aquí tienes el paso a paso para crear el "Libro de Oro de los Apodos" de tu comunidad:
Paso 1: Localización de los informadores clave
Busca a las personas mayores que aún conservan la lucidez de la memoria oral. No solo busques a los que más hablan, sino a aquellos que han vivido siempre en el pueblo. Ellos son tus archivos vivos.

Paso 2: La entrevista respetuosa
No llegues con un cuestionario frío. Siéntate, comparte un tiempo, deja que la conversación fluya. Pregunta siempre por el origen: "¿Por qué a su familia los conocen por este nombre?". A menudo, el origen del mote es una historia de superación o de ingenio rural que merece ser rescatada.
Paso 3: Verificación y contraste
El mote puede tener varias versiones según quién lo cuente. Contrasta la información con otros vecinos. Lo importante no es solo la "verdad histórica", sino la "verdad emocional" de cómo se percibe ese nombre en el pueblo.

Paso 4: El registro físico o digital
Crea una ficha para cada casa o familia. Incluye el mote, los apellidos reales vinculados, el origen conocido (si lo hay) y fotos antiguas si te las facilitan. Puedes usar herramientas digitales sencillas o crear un archivo en papel para el centro cultural del pueblo.
Es vital diferenciar entre el pensionista que ha trabajado toda la vida en el campo y aquel que, por circunstancias de la vida, ha tenido que retirarse antes de tiempo. Todos tienen algo que contar. La discapacidad no es un impedimento para la memoria; a menudo, quienes han tenido que observar el mundo desde otra perspectiva son los mejores analistas de la realidad social de su entorno.
Los servicios públicos, como las bibliotecas rurales o los centros de día, deberían ser los motores de esta recuperación. No basta con dar asistencia médica o conectividad digital; la salud de un pueblo también se mide por la salud de su memoria colectiva. Un pueblo que olvida sus motes es un pueblo que empieza a ser un lugar cualquiera, un espacio sin alma.
Consejo práctico de Pueblo Vivo: "Cuando documentes un mote, hazlo con el máximo respeto. Si detectas que algún apodo causa dolor o fue fruto de una burla hiriente en el pasado, regístralo como parte de la historia pero con la delicadeza que requiere la convivencia vecinal. La memoria debe servir para unir, no para reabrir viejas heridas."
En localidades de la Sierra de Francia (Salamanca) o en la comarca del Matarraña (Teruel), se han llevado a cabo iniciativas donde los jóvenes, cámara en mano, han entrevistado a sus abuelos para mapear los motes familiares. El resultado no es solo un libro, es un fortalecimiento de los lazos intergeneracionales. Los jóvenes descubren que su "abuelo Pepe" era conocido como "el Rayo" por su rapidez en la siega, y eso genera un orgullo de pertenencia que ninguna red social urbana puede replicar.
Estos proyectos han servido también para que los nuevos pobladores entiendan las jerarquías invisibles y respeten los tiempos de la comunidad. Es una forma de "alfabetización rural" necesaria para la armonía social.
Documentar los motes no es un ejercicio de nostalgia estéril. Es un acto de rebeldía contra la uniformidad. Cada vez que rescatamos un apodo, estamos salvando un fragmento de la historia de España que no sale en los libros de texto, pero que ha construido la identidad de nuestros valles y llanuras. Es reconocer que cada persona es un eslabón en una cadena de siglos.
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