A menudo lo damos por sentado en el rincón de la cocina, pero el ajo es una obra maestra de la naturaleza. En este artículo vamos a desgranar (nunca mejor dicho) desde sus propiedades antibióticas hasta los secretos para que crezca fuerte en tu huerto, pasando por su uso magistral en los fogones. Si buscas entender por qué este bulbo ha sido moneda de cambio, medicina de guerra y alma de nuestros platos, quédate. Estás ante la guía más completa jamás escrita sobre el ajo.
Durante milenios, nuestros mayores han usado el ajo para "limpiar la sangre" o alejar catarros. Hoy, la ciencia no solo les da la razón, sino que eleva al ajo a la categoría de superalimento gracias a su compuesto estrella: la alicina. Este compuesto azufrado se libera solo cuando el ajo es cortado o machacado, iniciando una reacción química que es pura farmacia natural.
Numerosos estudios han demostrado que el consumo regular de ajo ayuda a reducir la presión arterial sistólica y diastólica. Actúa como un vasodilatador natural, facilitando que la sangre fluya con menos resistencia por nuestras arterias. Es, esencialmente, un escudo contra la hipertensión.

Antes de la penicilina, el ajo se usaba para desinfectar heridas en batalla. Posee propiedades antivirales y antifúngicas. Ayuda a nuestro sistema inmunitario a estar "alerta", reduciendo la duración de procesos gripales hasta en un 60% según algunas investigaciones publicadas en el Journal of Nutrition.
Cultivar ajos es un ejercicio de paciencia y respeto por los ciclos de la tierra. No requiere grandes extensiones, incluso puedes hacerlo en macetas en tu terraza si sabes cómo. El ajo no se planta por semilla, sino por "dientes", y cada uno de ellos es un clon de la planta madre.
Como dice el refrán popular: "Tantos días pasan de enero, tantos ajos pierde el ajero". La época ideal suele ser el otoño o principios de invierno (en el hemisferio norte). Necesitan pasar frío para que el bulbo se divida correctamente.

Hacia finales de primavera, verás que la planta empieza a amarillear. Muchos agricultores realizan el "nudo" del tallo para que la energía de la planta deje de ir a las hojas y se concentre exclusivamente en engordar la cabeza del ajo.
No todos los ajos saben igual, ni se deben tratar de la misma manera. El tratamiento que le des al ajo determinará si el plato es una obra maestra o un sabor excesivamente agresivo.
El ajo crudo es picante y potente. Al cocinarlo, los azúcares se caramelizan. Si lo asas entero con un chorrito de aceite de oliva, obtendrás una pasta dulce y untuosa que nada tiene que ver con el sabor del ajo picado.
Consejo de chef: Para evitar que el ajo repita, retira siempre el germen verde central. Además, si quieres un sabor suave en tus sofritos, añade el ajo cuando el aceite aún no esté muy caliente para evitar que se queme; el ajo quemado amarga cualquier preparación.
El ajo es mucho más que un ingrediente; es un recordatorio de que la naturaleza nos ofrece soluciones complejas envueltas en capas sencillas. Ya sea porque decidas plantar tus propios dientes este invierno o porque empieces a usarlo de forma más consciente en tus platos, estarás conectando con una sabiduría milenaria que hoy, más que nunca, cobra sentido en nuestra búsqueda de una vida más sostenible y saludable.
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