Existe una frontera invisible pero dolorosa en nuestro territorio. No es una línea dibujada en un mapa, ni un peaje en la carretera. Es la línea que separa el "Escenario" de la "Realidad". Si cruzas esa línea hacia el mirador paisajístico, la ruta de senderismo homologada o el área recreativa de moda, te encontrarás con una gestión nórdica: limpieza, orden, sostenibilidad y confort. Si cruzas la línea hacia el pueblo donde realmente duermen, comen y viven las personas, te encuentras con el abandono del tercer mundo.
Lo que vamos a denunciar hoy en Pueblo Vivo no es una simple pataleta por falta de mobiliario urbano. Es la radiografía de un insulto sistemático: la administración ha decidido que el que viene a hacerse la foto merece más derechos que el que se queda a limpiar el monte.
Se nos llena la boca hablando de Agenda 2030, de economía circular y de la España Verde. Los folletos turísticos venden nuestra comarca como un paraíso natural impoluto. Y para sostener esa narrativa ante el visitante, se instalan "Islas Ecológicas" completas en mitad de la nada.
Vas al nacimiento del río o al mirador de moda y allí están: cuatro contenedores relucientes (vidrio, papel, envases, orgánico), perfectamente señalizados, a veces incluso recubiertos de madera para "no impactar visualmente". El mensaje es claro: "Aquí cuidamos la naturaleza".
Sin embargo, regresa al pueblo. A ese núcleo de 15, 20 o 50 vecinos. ¿Qué encuentra allí el habitante que paga religiosamente su tasa de basuras? Un contenedor gris. Uno.
La hipocresía es tal que se nos exige conciencia ecológica mientras se nos niegan las herramientas para ejercerla. Si un vecino de mi pueblo quiere reciclar, no baja a la esquina. Inicia una operación logística:
Es decir, para ser ecológicos, se nos obliga a gastar combustible fósil y tiempo personal. El reciclaje en la España Vaciada no es un servicio público, es una militancia heroica.

Si el tema de la basura indigna, el del descanso rompe el corazón. Paseen por cualquier zona acondicionada para el turismo. Verán bancos de madera tratada, ergonómicos, anclados sobre hormigón, al lado de papeleras de fundición con cenicero incorporado para que la colilla no toque el suelo.
Ahora entren en el pueblo. Busquen una papelera. No la encontrarán. Si te comes un caramelo o te fumas un cigarro paseando por las calles que tus abuelos construyeron, el residuo vuelve a tu bolsillo. No merecemos papeleras. Se ve que ensuciamos menos, o que importamos menos.
Pero lo más sangrante son los bancos. Nuestros mayores, esas personas que tienen las rodillas destrozadas de trabajar la tierra que ahora otros fotografían, no tienen donde sentarse.
Ante la ausencia de Estado, surge la autogestión. Surge el poyo.
El poyo no es folclore, es una denuncia de hormigón y ladrillo. Cuando veas a un abuelo sentado en un tablón mal puesto sobre dos piedras, o en un poyete de cemento adosado a una fachada, no digas "qué pintoresco". Di: "qué vergüenza". Vergüenza porque ese vecino ha tenido que construirse su propio descanso porque el presupuesto municipal se fue íntegro a poner bancos en el sendero PR-34 para que el senderista se cambie los calcetines cómodamente.
Esta disparidad de criterio revela una verdad incómoda: Para las instituciones, los pueblos pequeños ya no son lugares habitables, son decorados.
Se invierte en lo que ve el cliente (el turista) y se recorta en lo que necesita el figurante (el vecino). Se nos pide que mantengamos las fachadas bonitas, que no dejemos que las zarzas se coman los caminos y que seamos hospitalarios. Pero a la hora de recibir servicios, somos un gasto ineficiente.
"Es que poner una ruta de recogida selectiva para 7 vecinos no es rentable", nos dicen los técnicos desde sus despachos con aire acondicionado.
Tampoco es rentable que nosotros mantengamos el monte limpio para que no se queme media provincia en agosto, y lo hacemos.
Tampoco es rentable mantener abierta la casa familiar para que el pueblo no se caiga a pedazos, y lo hacemos.
Esta denuncia no busca que le quiten los contenedores al turista. Bienvenidos sean. Lo que exigimos es dignidad y sentido común.
No pedimos lujos. Pedimos que si pagamos impuestos, tengamos derecho a no vivir entre basura acumulada. Pedimos que si mi madre de 85 años quiere salir a tomar el fresco, tenga un respaldo donde apoyar la espalda que no sea una pared de piedra fría.
Cuidado con tratar a los habitantes rurales como ciudadanos de segunda, porque somos nosotros los que encendemos las luces del decorado cada mañana. El día que nos cansemos de cargar el coche con cartones y decidamos irnos a donde nos pongan un banco decente, el pueblo se cerrará. Y entonces, queridos turistas y políticos, a ver quién os mantiene el paisaje para la foto.
Sabemos que mi pueblo no es el único. Sabemos que hay cientos de aldeas donde la gestión de residuos es tercermundista mientras el camping de al lado brilla.
Queremos ver tu realidad. Envíanos una foto de tu "Poyo" o de tu único contenedor gris desbordado a la sección de Cartas. Vamos a hacer un mapa de la vergüenza. Porque lo que no se ve, no existe.
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