"Un hombre no debe estar solo en la oscuridad. Porque la oscuridad no existe; lo que hay es el bosque, y el bosque está vivo".
Hay películas que se ven y películas que se respiran. El Bosque Animado (1987) huele a musgo húmedo, a lareira encendida, a tierra mojada después de la lluvia en Galicia. José Luis Cuerda no se limitó a adaptar la novela de Wenceslao Fernández Flórez; hizo algo mucho más difícil: capturó el espíritu invisible del mundo rural.
Hoy en Pueblo Vivo rendimos tributo a la obra cumbre de nuestro cine. No como críticos de cine, sino como habitantes de lugares que podrían ser ese mismo bosque. Porque en la Fraga de Cecebre, la pobreza se cura con imaginación y la muerte no es el final, es solo un cambio de vecindario.
Lo primero que nos enseña esta obra es que el ser humano es solo un inquilino más. En la Fraga de Cecebre, los árboles no son decorado; son vecinos. Tienen sus rencillas, sus envidias y sus miedos a los postes de teléfono (esa "modernidad" que viene a talarlos).
La película retrata un ecosistema donde todo está conectado. La pobreza del labrador está conectada con el hambre del bandido, y el bandido está conectado con el fantasma. Es el ecosistema rural perfecto: nadie sobra, ni siquiera los muertos.
Alfredo Landa nos regaló al bandido Fendetestas, quizás el personaje más humano del cine español. Es un bandido que pide "por favor" que le den la bolsa, un criminal que ficha y paga la seguridad social agraria en su mente.
Fendetestas representa la supervivencia pícara. No roba por maldad, roba porque "el campo no da". Su frase mítica, "¡Me caso en Soria!", es el grito de frustración de todo habitante rural que ve cómo la tierra es dura y el destino, ingrato. Pero incluso en su miseria, respeta las reglas del bosque: saluda a los vecinos y teme a la Santa Compaña.

En el mundo moderno escondemos la muerte en tanatorios asépticos. En El Bosque Animado, la muerte es cotidiana. Geraldo, el pocero que muere ahogado, no se va al cielo; se queda vagando porque "le da pereza" o porque le falta algo.
La relación entre el vivo (Fendetestas) y el muerto (Geraldo) es maravillosa. Se sientan a fumar, charlan de sus penas. Es la materialización del realismo mágico español. No nos hace falta ir a Macondo; en cualquier aldea de Galicia o León, los abuelos hablan de las ánimas como quien habla del cartero.
Hay un trasfondo trágico en la película: el avance imparable de la "civilización". Los postes de la luz avanzan como gigantes, los caminos se ensanchan, y el carbón amenaza a los árboles.
Cuerda nos avisa: cuando llega el progreso mal entendido, el bosque deja de ser "animado" y pasa a ser "recurso maderero". Las ánimas se van porque ya no hay oscuridad donde esconderse, y el misterio muere bajo la luz de una bombilla eléctrica. La película es un réquiem por esa forma de ver el mundo que hemos perdido.
Porque estamos huérfanos de misterio. Hemos llenado el campo de tecnología y hemos olvidado que, si guardas silencio, el viento en las hojas te está contando algo. El Bosque Animado nos pide que volvamos a mirar con ojos de niño (o de vieja sabia), que respetemos lo que no entendemos y que recordemos que, al final, todos formamos parte del mismo humus.
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